Mil veces he soltado el bolígrafo creyendo que la última línea fue el punto y final. Escribo desde chica, pero siempre a largos intervalos, en diferentes sitios, comenzando y dejando, y nunca con un fin definido ni un objetivo claro. El caso era escribir, soltarlo, garabatear la rabia. Con el tiempo he ido dejando de vomitar palabras y ha tomado el lápiz una mano relajada y filosófica.
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